
Este verano, el sector de la música en vivo en Málaga (y en toda España) enfrenta una crisis silenciosa. Promotores y técnicos reconocen en privado que la situación es insostenible: hay exceso de eventos, entradas caras, altos costes de producción y una competencia feroz por los artistas, lo que lleva a pérdidas económicas y cancelaciones.
Festivales y conciertos como los de Jennifer Lopez, Boombastic o Rigoberta Bandini han cambiado de ubicación o se han suspendido por la baja venta de entradas, a menudo disfrazada con excusas logísticas. Algunos proveedores incluso exigen pagos por adelantado ante el temor de que los eventos no se celebren.
El formato de festival muestra signos de agotamiento, con recortes en días y artistas, y una caída notable en la asistencia. Solo sobreviven con éxito aquellos que tienen una estructura sólida, apoyo público o buenos patrocinios, como el Brisa Festival o el 101 Music Festival, gracias a su buena organización y conexión con el público.
En resumen, el sector vive una burbuja que amenaza con estallar, y solo resistirán los organizadores con experiencia, cautela y visión a largo plazo.